sábado, 17 de septiembre de 2011

Juegos airanos, por Juan Francisco Uriarte, Pase y lea, Diario Hoy Día Córdoba

Comenzar una columna con un pedido no es de hombres de bien, es sabido. Pero éste no será un pedido para beneficio de quien escribe, sino para el de aquel que después de leer estas palabras busque Medianera, de Leandro Ávalos Blacha. Y el pedido en cuestión es éste: no leas la contratapa del libro. No. Esas 10 líneas que buscan seducir a lectores indecisos provocarán, en este caso, la ruptura de algo tan bello y esencial como es la sorpresa. Hay un argumento muy potente esperando ahí adentro, pero en la contraportada queda demolido al ser develada gran parte de la singularidad de la historia. Pasa casi lo mismo que con los anuncios de las películas actuales: en un videíto de un minuto con veintisiete segundos tenemos toda la película comprimida, y ya no hay nada o casi nada por descubrir. Entonces no, por favor, no leas la contratapa.
Después de semejante advertencia quedará poco por contar sobre la historia, pero se puede hablar, y mucho, del estilo de este joven nacido en Quilmes en 1980, que fue laureado por un jurado compuesto por Daniel Link, Alan Pauls y César Aira –tríada que premió a su novela anterior, Berazachussetts–, y que desembarcó en las editoriales cordobesas a través de la colección Temporal. Narrativa del Bicentenario, dela Editorial Universitaria de Villa María (Eduvim).
En Medianera Ávalos Blacha exhibe, antes que nada, una singular capacidad para generar asombro. Desde la primera página, que asoma –engañosa– con cierto aire insulso, atrapa y obliga a avanzar velozmente ante la profusión de hechos y situaciones inesperadas. Ahí está jugada la suerte de esta obra, en la renovación constante de los prodigios imaginativos, en la aparición de personajes que rozan el terreno de la locura y el absurdo, pero que le dan a lo contado una coherencia propia que se sostiene de principio a fin. Y desde el principio también, por qué evitarlo, la prosa de Ávalos Blacha recuerda a la de Aira. Pese a que se empecina en desechar a sus pretendidos continuadores, el creador de La guerra de los gimnasios y Varamo tiene en Ávalos Blacha una pluma joven que bien podría arrogarse el título de airana.
Podría sonar caprichosa, pero la comparación con Aira no es gratuita. Veamos: en ambos el golpe de efecto es norma; la creación de escenarios confusos y muchas veces hilarantes es constante; la evolución del relato se rige a partir de la aparición de nuevos elementos, surgidos uno tras otro sin necesidad ni explicación alguna; las escenas pueden variar en un instante sin previo aviso; el empleo de la libertad creativa está al servicio de la construcción de personajes rebosantes de vida y de episodios deslumbrantes; y todo sin superar las 90 páginas. El poder del vértigo, podría decirse.
Pese al despliegue de estos juegos airanos, la escritura de Ávalos Blacha se distancia de lo hecho por el escritor de Coronel Pringles en otros aspectos. El más destacable quizás sea la referencia al mundo real que existe en Medianera, ya que si bien se narra desde un futuro que suena poco probable, su mensaje tiene visos de advertencia dirigidos a ésta realidad, la que construimos todos los días y está fuera de las novelas. Al contrario de los mundos de Aira, que nacen y mueren en sí mismos, esta historia se abre a la actualidad para nutrirse de posibilidades latentes, y desde allí plantea su extrañísimo decir, que provoca una sensación de estar ante algo nuevo que no deja de deslumbrar en ningún momento. El chismerío de barrio, el fanatismo por las novelas de la televisión, la locura por el boxeo y las peleas de perros y, sobre todo, la creciente presencia de los teléfonos celulares en nuestras vidas, son algunas de las aristas de las que el escritor se sirve para forjar esta deleitable nouvelle.
Es cierto que lo novedoso muchas veces conquista sólo por eso: por ser nuevo. Pero en el caso de Medianera su condición de recién nacida no la exime de ser ubicada, hasta que los años y las futuras lecturas lo dictaminen, cerca del largísimo estante de esos gigantes que todos conocemos como clásicos.